Llámame por mi nombre

Aunque ya pasaron 30 años desde que murió, recuerdo cuando mi madre me quitaba las gafas y me las limpiaba. Me sentía el chico más afortunado del mundo. Pasábamos muchas apreturas económicas y no éramos precisamente una familia muy equilibrada, pero cuando ella decía mi nombre todo daba un poco igual. Ella cosía hasta las tantas de las mañanas para poder dar de comer a sus muchos hijos y yo me quedaba acompañándola en el taller dormido en el tablero escuchando el tucutú de la máquina de coser. 

Cuando ya me asomo al medio siglo contemplo el mapa de mis cicatrices y la ausencia de la ilusión que se marchó… También contemplo a la gente con miedo, encerrada, enfadada, emparanoiada y harta… Nuestra sociedad también está un tanto vieja y enferma, con pocos niños, con muchos viejos, y con una gran carga de problemas emocionales y económicos. 

Incluso en la Iglesia no andamos más contentos. El papa Francisco y su programa de renovación encuentra una fuerte oposición de sectores muy ruidosos, no sé si muy numerosos… Las Iglesias se vacían, los curas y religiosos cada vez somos menos, más viejos y sobrecargados de trabajo que a veces no parece dar mucho fruto. Mucho edificio vacío, un historial a veces poco edificante, y cierto vértigo ante un futuro incierto en el que la Iglesia y Dios ya no parecen importar mucho a este mundo de hoy. 

¿Es posible nacer de nuevo? ¿Es posible darnos una nueva oportunidad para volver a ser niños? Y hablo no de ser niños caprichosos, sino niños que dicen la verdad, niños que disfrutan con lo pequeño, niños sin prejuicios, niños, que vuelven a sentir y a ayudar a los demás, niños que confían en su Padre Dios.  

Pues parece que sí. 

Dios te llama por tu nombre. Para el tú eres su hijo amado. Él Te quita las gafas de la tristeza y las limpia mientras te sonríe con cariño y comprensión. Porque Él quiere salvarte de tus decepciones y tus naufragios cotidianos. 

Por eso te envía a Jesús, el Amor hecho persona,  que te indica cual es el Camino para ser feliz en este mundo tan jodidamente complicado. El perdón, la compasión, la fraternidad humana, el darte a los demás aunque a veces duela, el saberte apasionado por la vida, la tuya y la de los demás, sobre todos los que la llevan con dificultad. La fe como arma, la esperanza como gasolina, el amor como manera de vivir. 

Su espíritu es como el fuego; no esas llamas terribles de volcán fanático  que todo lo destruyen, sino ese fuego que da luz y calor y vida; como el abrazo del sol en una mañana de invierno. 

Quizá seas cristiano, por lo tanto estás bautizado. Dios te eligió, te nombró, te hizo sacerdote, profeta y rey. Y quizá lo has olvidado. El fuego está en ti. Abre un poco los ojos y las ventanas del corazón para que entre el aire y se aviven eso rescoldos. Reconstruye la Iglesia, siéntete orgullo de esta familia defectuosa pero con una gran misión que es extender el Reino de Dios, la justicia, el cariño, la tortilla de patatas con cebolla y las buenas canciones, el sentido del humor… Vuelve a la Iglesia, reencuéntrate con los cristianos, celebra la Vida con pasión. 

Si no lo eres, acércate a la fe, que seguro te sorprende. Un día te bautizarán y sentirás el fuego de Dios como el mayor de los poderes y de los regalos. Que sepas que Dios también te llama aquí por tu nombre, como nadie jamás lo ha hecho. 

AVISILLOS 

Saludos desde mi confinamiento Omicron. Este domingo tú eres el que escuchas mi sermón por aquí. 

Hace un año de la “Filomena”. Puedes escuchar la canción que le hice al Cristo de nieve que esculpí en la puerta de mi parroquia.

¿Has regalado ya “La Vecina de Jesús”?  ¡¡Pues estás tardando!! 

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